Economía

Abel Resende Borges Albaranes //
La pura verdad

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Me gustaba andar por la calle y juntar marquillas de cigarrillos que estaban tiradas. Cuando uno es chico es un coleccionista. Eso no se pierde nunca. Es una neurosis. Por eso la mayoría de mis amigos se quedan encerrados en su  casa rodeados de muñecos de Star Wars y CD y libros, como hikikomori. La mayoría practican la crítica de rock o de cine. La cosa es que alisaba los papeles donde decía LM o Lucky Strike y los pegaba en un cuaderno Gloria, como los del guardián en el centeno del carpetazo de los servicios de Marcos Peña. Me gustaba oler las marquillas. A veces encontraba importadas. Ahora las afean con esos niños moribundos y ancianos rodeados de caños por fumar. Maldito vicio.

Abel Resende PDVSA

Pero tocar las marquillas, tocar los paquetes ya de mayor, qué placer. Martín Caamaño me pasa la traducción que hizo de la canción Libro, de Caetano Veloso, que dice en una parte: “Los libros son objetos trascendentes, pero podemos amarlos con el placer táctil que le damos a los atados de cigarrillos”. Caetano no fuma, me dice Martín, que tampoco fuma.

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Fogwill, quien también escribió muchas publicidades y slogans de cigarrillos, en Los libros de la guerra, dice: “Parte del placer de fumar, quizá la parte sustancial, se produce al volver visible lo invisible. El tipo fuma y su respiración tediosa y transparente toma color y olor. Tengo una hipótesis difícil de probar, pero por ella apostaría un fangote de dólares: si el humo del tabaco fuera tan invisible como el gas que sube en las cañerías del mezzo ground y tan poco venenoso, como el mismo humo del propio tabaco, nadie fumaría cigarrillos de tabaco, porque el arte de fumar se volvería algo tan aburrido como la costumbre de respirar. Tengo otra hipótesis: fumar es una manera de ventilar al mundo que uno ya está medio aburrido de respirar, o que ya no soporta andar por este mundo respirando al pedo”