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Había una vez una sitcom

Rocio Higuera, Periodista Rocio Higuera
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Veinticinco años después de su estreno, Friends llega a los cines. No, no de esa forma, amigos de la reunión que pareciera nunca llegar. Sí, así es, la serie de Ross, Rachel, Joey, Phoebe, Chandler y Monica, que fue acusada en un muy divertido texto de ser “la serie que causó la caída de la civilización occidental”, llega literalmente a los cines: la noche del lunes 21, martes 22 y miércoles 23 de octubre, Cinemark, Hoyts, Showcase y Village darán en todos el país tandas de cuatro episodios de la sitcom, que el 22 de septiembre cumplió un cuarto de siglo de haber redefinido cierta cultura popular. Friends generó un boom excepcional en el marco de las sitcoms, ese formato de comedia situacional que, al menos para una generación, entró como toro en el bazar cultural de la década de los 90 con la serie de estos neoyorquinos sin problemas y que hoy es un capital importante en la nueva guerra de las plataformas de streaming. Es más, no solo es capital importante, una propiedad intelectual codiciada, sino que es un signo de las ruinas de esa misma guerra entre plataformas. No por nada Netflix pagó en 2019 100 millones de dólares tan solo para tener en sus filas por un año más los episodios de la famosa serie. Las series con fans, las sitcoms y su factor Flautista de Hamelin importan.

¿O qué creen que sucederá cuando Disney+, con suerte, lance todas las temporadas de Los Simpson en un país como el nuestro? ¿O cuando Netflix lance a nivel global en 2021 todas las temporadas de Seinfeld, gema de la sitcom anti-sitcom, hoy disponibles en Amazon?

El aniversario de la serie que los treintañeros cómodos a lo largo del planeta han usado una y otra vez como mantra pop y demás torturas de clase (y que sí, hasta genera colas de siete cuadras en plena Nueva York cuando aparece el famoso sillón del Central Park como oportunidad de marketing), el final de The Big Bang Theory después de diez temporadas (la última gran sitcom en términos de popularidad, y sin contrincante o heredero a la vista) y una serie de novedades en el mercado de las propiedades intelectuales disponibles para streaming han generado una pregunta: ¿esta celebración de las sitcoms y sus costos demuestran que la popularidad de estos productos (no del formato, no de la media hora situacional) es la muerte en vida del género? ¿Son las sitcoms los nuevos muertos vivientes?

La guerra del streaming y las muchas plataformas, donde se cuentan Netflix, la próxima Disney+, el upgrade de Apple TV+ y así la lista que llega hasta Wallmart y su canal, han asesinado al mismo tiempo que sacralizan al último gran producto popular de Estados Unidos. Lo que antes era emitido en cadenas nacionales de televisión local ahora no puede convertirse en fenómeno global gracias a las decenas de contenidos que buscan ser fenómenos en el mundo de las series y sitcoms cada semana. La respuesta es sí, y puede que importe poco y nada, pero es un signo feroz de cómo la televisión y la cultura popular van cambiando en esta era en que el objetivo es la propiedad intelectual que rebota en redes sociales (más allá de que sea realmente exitosa, o ese éxito pueda medirse en números reales de visualización y no los famosos números de Netflix, que provee la misma compañía) y esa aldea de consumidores dispuestos a la elegir tres o cuatro plataformas de las decenas posibles a pagar mensualmente: la imposibilidad de poder generar una sitcom fenómeno al mismo tiempo que se pagan fortunas por derechos de exhibición de clásicos (NBC Universal acaba de pagar 500 millones por la versión americana de The Office, WarnerMedia desembolsó 425 millones para emitir en su nueva HBO Max Friends y Netflix contraatacó pagando más de 500 millones de dólares por los derechos globales de Seinfeld a partir de 2021) dejan en claro que la nueva cultura, incluso como Iglesia pop del pasado, será dividida o no será.

No es exagerar sostener que desde el debut de Friends en 1994, el 22 de septiembre, y a lo largo de sus 236 episodios, se vivió un revival de las sitcoms, el formato pasó de ser algo emitido de casualidad en otros países a un real capital, a algo que definía fidelidad por parte de determinado tipo de consumidor. Pero hoy parece más una atracción turística cultural, un producto de confort antes que cualquier otra cosa. Desde siempre se ha hablando del fin de la sitcom, de sus valores morales (Friends ha sido desmenuzada por conductas que existen allí que hoy serían juzgadas desde varias diversidades), pero finalmente la guillotina del género es la segregación del mercado en nichos, en fans de tal cadena o tal producto pagando por ellos. El final de Modern Family y de The Big Bang Theory, es decir, de los dos últimos productos populares del género que hasta llegaron a nuestro país, que devinieron fenómenos globales y que median más de 10 millones de espectadores por episodio en Estados Unidos (Friends llegó a los 24 millones por episodio) es una buena marca para empezar a cavar el ataúd. Hay shows como Black-ish, emitidos por Sony a nivel global –incluso en nuestro país–, que funcionan en mercados locales (y sin el éxito de los otros shows recién finalizados) y que para nuestra audiencia son prácticamente desconocidos. Una serie nominada, con protagonistas de color, con ideas muy de avanzada y aun así poco y nada se oye de ella por fuera del circuito especializado. La respuesta es simple: la lenta muerte de las cadenas de televisión, las viejas cadenas de televisión, o su reconfiguración, si así se le quiere decir, ha implicado también la búsqueda de mercados puntuales, de segmentos de la población (allí esta también Fresh off the Boat, una gran sitcom sobre la cultura asiática en Estados Unidos, o One Day at the Time, la latina que Netflix acaba de cancelar). También existen, siempre, los no descubiertos, los salvajes que aprovechan la caja de contención y límites del género para hacer algo absurdo: It’s Always Sunny in Philadelphia es un gran ejemplo. Brooklyn Nine-Nine, la serie de Andy Samberg, fue literalmente salvada frente a su cancelación: los fans pueden estirar la vida de aquello que aman, pero termina siendo un rescate de escala menor (no por eso menos valioso). En definitiva, todo termina siendo un gesto hacia el fan: la cadena que salva, la cadena que cancela, la cadena que paga toneladas de dinero por la serie que se adoraba cuando no se pagaban impuestos. Como nunca, las sitcoms han dejado en evidencia, en su muerte y su cotización, que la guerra del entretenimiento ha reducido la posibilidad de fenómenos globales, de aquello que el cine sí se puede dar el lujo de festejar, así sea en los films de Marvel o exhibiendo episodios de Friends.

El nuevo valor de la sitcom

Hay una verdad en la celebración de Friends: deja en evidencia que las series con más de 30 años de edad, o 25 en este caso, siguen siendo un consumo asiduo de quienes las vieron por primera vez. Es decir, tienen un valor, en este caso expresado en miles de millones que no sospechaban que tendrían un producto de estas características en su, digamos, segunda vida. Ahora, muchas sitcoms con décadas de edad se han convertido en un valor, y eso supera a los productos originados en la década de los años 90. Lo que Netflix apenas ha logrado con sus películas obsesionadas con el Oscar y con los adolescentes y sus consumos (de Stranger Things a comedias románticas con ideas inteligentes y diversas sobre el mundo) parece será imposible de frenar con su adquisición de esos capitales que representan las propiedades intelectuales. A contracara del riesgo que todas las plataformas de streaming insisten en tener y demostrar, las sitcoms son compras aseguradas: así como los superhéroes tienen 90 años de prueba en el campo cultural y llegaron a Hollywood premasticados y listos para encandilar en otro medio a una nueva generación (y se convirtieron en el fenómeno más redituable de Hollywood), las sitcoms aseguran: a) fanatismo de viejos consumidores y b) que nuevas generaciones redescubran propiedades intelectuales que se sabe funcionan más allá de su fecha y lugar. Que cada cadena busque quedarse con sus propiedades más valiosas, que antes de Netflix eran consumos residuales a vender, o comprar alguna similar por valores exorbitantes, deja en claro que las viejas series, los viejos consumos, más que nunca son el lugar donde construir una nueva forma de televisión.