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INFOUCV | Animales que se drogan

Muchos teóricos sembraron la tesis de que lo practicábamos para huir de nosotros mismos. Pero esta costumbre que viene desde la Edad de Piedra, según los registros arqueológicos, se acerca más a lo opuesto: no es para evadirnos, sino para encontrarnos. Tiene que ver con la intención de conseguir una mayor comprensión de la realidad. “Numerosas culturas han puesto la droga considerada sagrada en el centro de su sistema religioso y como punto de apoyo del sistema interpretativo de los distintos aspectos de la realidad de la vida”, anota Samorini. Otros han llamado a estos compuestos activos de las plantas “adaptógenos”, porque nos ayudan a amoldarnos al entorno, a conseguir sexo, alimento, agua, a mejorar nuestros conflictos, a sobrevivir en ambientes hostiles, bien sea la selva, la hambruna o la brutal urbe. Y los hermanos MacKenna, también estudiosos de la afición por drogarnos, afirman que fue gracias al hábito de nuestros antepasados los simios, de comer setas alucinógenas, que el cerebro triplicó su tamaño en un tiempo relativamente corto en términos evolutivos

En una escena marina de un corto de la BBC, una pandilla de delfines juega a lanzarse de boca a boca un pez globo. El asustadizo animal, estresado al límite, se infla y expulsa su neurotoxina venenosa llamada tetrodotoxina. Los delfines han conseguido lo que querían: chupar y sorber el líquido narcótico. Danzan y entran en un estado extático. Se traban.

Al igual que ellos, más de 300 especies buscamos plantas y otros animales para drogarnos. Hay perros que lamen sapos, caballos que se vuelven locos con un tipo de hierba, pájaros que mastican semillas de marihuana, canguros que engullen campos de amapolas, babuinos que comen raíces de iboga, elefantes borrachos con fruta fermentada, hormigas adictas al néctar y jaguares que ruñen raíces de yagé. La vida salvaje ofrece numerosos ejemplos de los que buscan y consumen sustancias psicoactivas en su hábitat. Así lo plasma Giorgio Samorini en el libro Animales que se drogan. Solo contando a los primates, compartimos con veintitrés el apetito por el consumo de hongos mágicos.

Los animales no humanos y nosotros deseamos experimentar estados alterados de conciencia de forma deliberada. ¿Por qué lo hacemos?, es tal vez una de las preguntas más fascinantes.

Muchos teóricos sembraron la tesis de que lo practicábamos para huir de nosotros mismos. Pero esta costumbre que viene desde la Edad de Piedra, según los registros arqueológicos, se acerca más a lo opuesto: no es para evadirnos, sino para encontrarnos. Tiene que ver con la intención de conseguir una mayor comprensión de la realidad. “Numerosas culturas han puesto la droga considerada sagrada en el centro de su sistema religioso y como punto de apoyo del sistema interpretativo de los distintos aspectos de la realidad de la vida”, anota Samorini. Otros han llamado a estos compuestos activos de las plantas “adaptógenos”, porque nos ayudan a amoldarnos al entorno, a conseguir sexo, alimento, agua, a mejorar nuestros conflictos, a sobrevivir en ambientes hostiles, bien sea la selva, la hambruna o la brutal urbe. Y los hermanos MacKenna, también estudiosos de la afición por drogarnos, afirman que fue gracias al hábito de nuestros antepasados los simios, de comer setas alucinógenas, que el cerebro triplicó su tamaño en un tiempo relativamente corto en términos evolutivos.

La respiración, el ayuno, la meditación, ciertas rutinas, los deportes extremos, la privación sensorial, la danza o el sonido de ciertos instrumentos son algunas de las fórmulas que hemos usado para modificar el estado de conciencia.

El registro de los animales que consumen sustancias para alterarse es uno de los descubrimientos más sorprendentes sobre la vida animal. El hecho de que la naturaleza esté llena de ejemplares que exploran a través de plantas estados alterados nos debería interrogar sobre nuestra insistencia en prohibir aquello que tiene la capacidad de servir como recompensa o refuerzo al comportamiento, conseguir una mayor comprensión de la realidad o ampliar nuestra capacidad de adaptación. Al fin y al cabo, es de esta última de la que dependemos todos para vivir